Transgénicos: toda la verdad

Antes de que empezáramos a tener mayor conciencia de lo que comemos y antes de que la revolución alimenticia que estamos viviendo nos hiciera preocuparnos de verdad por lo que ingerimos, muy pocas personas habían escuchado la tan temida palabra: transgénicos.

Pero, ¿qué quiere decir transgénico? Un producto transgénico es aquel cuya semilla ha sido manipulada genéticamente por diversos motivos como:

  1. Sobrevivir a pesticidas o herbicidas que se rocían en los campos de cultivo
  2. Generar nuevos productos. ¿Sabíais que el brócoli es uno de los primeros transgénicos? O la zanahoria tal como la conocemos, ¡¡en origen las zanahorias eran blancas!!
  3. “Mejorar” los productos ya existentes: hacer tomates más jugosos o grandes, sandías sin pepitas, fresas más duraderas y cosas por el estilo.

Mucho se ha hablado sobre los transgénicos, especialmente en sus supuestos efectos nocivos para la salud por que pueden provocar transferencia horizontal de genes. Sobre esto último, que suena tan raro y que es por lo que inconscientemente son tan temidos a nivel salud, hace unos años se publicaron algunos estudios no concluyentes que aseguraban que a pesar de la cocción del alimentos, la digestión y una serie de barreras moleculares que lo evitan, nuestro organismo experimenta una “transferencia horizontal de genes” desde el organismo transgénico al ser humano que lo ingiere. Concretamente existe un estudio sobre la temida soja transgénica y el gen epsps (gen que les permite sobrevivir a un herbicida concreto). Sin embargo,posteriormente se determinó que no se encontraron tales genes, lo que se encontró fueron pedazos de ADN en las bacterias del intestino, algo que no es malo, ya que también se encuentran trozos de ADN del pollo, la col ecológica que podamos tomar o de leche o manzana, el genoma de estos alimentos no transgénicos a priori también estará presente en nuestro intestino.

Los genes de la comida que hemos comido durante miles de año están y estarán siempre presentes en nuestro intestino dependiendo de los que comamos, y no por ello nuestro genoma lo ha “adquirido” por lo que los transgenes no son diferentes

El debate real, donde hay más controversia y donde debemos ser un poco más realistas de lo que en general se está siendo, es el impacto medioambiental que los cultivos intensivos provocan. En realidad los cultivos transgénicos han sido diseñados para que los agricultores tengan que usar menos herbicidas y menos pesticidas ya que muchas semillas están creadas para resistir a ciertas plagas que en origen no resistían, y se tenía que utilizar el pesticida o herbicida de turno para eliminar dicho peligro. Hay estudios como este del National Center for Biotechnology Information de Estados Unidos (http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/20929774) que demuestran que gracias al transgénico del maíz los agricultores de EEUU usaron menos pesticidas para su cultivo en el año en que se hizo el estudio, 2010, lo que supuso un ahorro para los agricultores y un menor impacto medioambiental.  Otros estudios avalan que en algunos campos de maíz transgénico existían mayor número de bichos “no blancos”, es decir insectos beneficiosos, que en los de maíz “normal”.

Otro punto de controversia en lo que se refiere al impacto medioambiental es el de la deforestación. Éste si que es un problema real. Miles de hectáreas de pulmones naturales como el Amazonas están siendo taladas para el cultivo de soja transgénica y muchas ONG se están haciendo eco de ello; pero no nos engañemos, el problema no es la soja en si, sino que esos cultivos van destinados en su gran mayoría a alimentar ganado bovino para el consumo humano debido a la gran demanda a nivel mundial. Por lo que de nuevo es la mano del hombre la que está amenazando el medio ambiente con la producción masiva de ganado que, además de favorecer indirectamente la deforestación, es uno0 de los principales emisores de CO2 a a atmósfera, pero eso da para otro post.

Así que vamos a ser realistas, los transgénicos no hacen daño a nivel humano, al menos no hay literatura científica que respalde estas teorías, al contrario, promueven el menor uso de herbicidas y pesticidas y no son los culpables (en la mayoría de los casos) de la deforestación de miles de hectáreas. Somos nosotros los culpables con nuestra forma de comer, con el gran crecimiento a nivel mundial de la población y con nuestros desconocimiento. La forma de paliar estos estragos no es siendo alarmistas ni tachando de nocivos estos cultivos sino informándonos bien, y no solo a través de nuestro amigo Google, muchas veces el sentido común es más poderoso.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *